La celebración de la Cumbre del Clima, esta vez en suelo marroquí, me ha hecho reflexionar sobre la actitud de los gobernantes respecto a nuestro planeta, y me ha llevado a analizar si realmente los acuerdos que se toman en estas reuniones se llevan a la práctica o si, por el contrario, se quedan guardados en el cajón de los buenos propósitos.
El año anterior, la Cumbre de París fue considerada como la última oportunidad que teníamos para salvar el planeta. En aquel momento se pretendía tomar decisiones y fijar la hoja de ruta para lograr que las temperaturas globales no aumentaran más de 2 grados al finalizar este siglo. No obstante, según la ONU, nos encontramos con unos datos que sitúan en 3,4 grados la subida térmica del planeta. Realmente lo único que se aprobó entonces fue un texto sin ninguna validez jurídico-legal y que, como hemos podido comprobar, no tenía más recorrido que el de una simple declaración política de intenciones.
Lo deja patente esta nueva cumbre, en la que se han hecho públicos datos que demuestran que los países continúan siendo tibios a la hora de tomar decisiones para frenar el cambio climático, ya que los planes de recortes de las emisiones llevados a cabo hasta el momento no serán suficientes para cumplir con el objetivo de lograr que el aumento de la temperatura se quede por debajo de los 2 grados de media respecto a los niveles preindustriales.
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| Youssef Boudlal/Reuters |
A todo ello hay que sumar la incertidumbre que provoca el triunfo electoral de Donald Trump en Estados Unidos, que ya durante su carrera a la Casa Blanca anunció en varias ocasiones que sacaría a su país de los acuerdos climáticos. Estados Unidos es un país clave, ya que es el segundo a nivel mundial en emisión de gases de efecto invernadero, por lo que su colaboración en esta materia es fundamental.
No obstante, si analizamos lo acaecido en esta nueva cita, nos encontramos con acuerdos muy positivos como la creación de un equipo de trabajo encargado de desarrollar una reglamentación del Acuerdo de París que sirva para reducir las emisiones de manera rápida, porque el tiempo es fundamental y hay que actuar con urgencia.
Otro de los acuerdos alcanzados ha sido con una de las piezas más importantes de este puzzle como son los países en vías de desarrollo, que han anunciado la intención de trabajar para lograr un sistema energético 100 % renovable. Además, para que estas aspiraciones no caigan en saco roto, el texto firmado contempla unas partidas de 100 000 millones de dólares de financiación, que es la que necesitarían estos países para alcanzar los objetivos de transición energética y desarrollo sostenible.
Estos acuerdos son muy esperanzadores, pero si no existe una intención real de aplicarlos, se quedarán una vez más en papel mojado y el próximo año, ante una nueva cumbre, nos volveremos a cuestionar si realmente se le quiere dar
una nueva oportunidad a nuestro planeta.